Comunidad Tierra de Encuentro

Bienvenido a tu Tierra, una tierra para el encuentro


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La experiencia de escuchar la Voz (“He venido para hacer las cosas de mi Padre”) Jn 5, 19-20; 30-32 Jn 6, 38-40 Jn 7, 16-18

Es una alegría poder compartir este espacio juntos. Estar juntos, compartir camino. Gracias, de parte de la comunidad Tierra de Encuentro, por facilitar ampliar este espacio bueno y sagrado, con vuestra presencia.

Las tardes de Palabra y oración es una oportunidad para el encuentro verdadero. Somos convocados para abrirnos a un encuentro. Todo encuentro verdadero necesita de cada uno:

  • una apertura humilde a quien hoy nos espera, a quien nos habita en la intimidad más íntima, presencia que nos llama una y otra vez para encontrarnos,
  • una docilidad a quienes somos, a lo que hoy vivimos, a la sed que hay en nosotros para el encuentro,
  • una espera paciente, confiada y amorosa para que se dé el encuentro, pues se necesita tiempo, tiempo para dejar caer lo que nos ocupa en nuestro hacer, para abrirnos a nuestro interior, para serenar nuestro ritmo y entrar en otro espacio de encuentro.

Nos vamos a dar un pequeño tiempo para prepararnos al encuentro.

Y este encuentro es también con los otros. Una comunidad es un camino juntos donde una y otra vez ponemos en el centro la Vida recibida, para acogerla, leerla y vivirnos en referencia a ella. Es Dios la presencia creadora de la comunidad. Es Dios que habita en el corazón de cada uno de nosotros, es El Quien inspira el encuentro a partir de la humanidad habitada de cada uno de nosotros. Por eso orar en comunidad es abrirnos a orar con otros, mirarnos, recibirnos, honrarnos.

Necesitamos primero tiempo. Darnos tiempo. Para que el tiempo no nos coma, y pase de largo sin darnos cuenta. Darnos un tiempo es darnos la posibilidad de estar aquí, ahora.

Necesitamos tiempo para ser conscientes de dónde estamos, de quienes estamos, de para qué estamos. He elegido venir para orar con otros, para escuchar la palabra con otros, para vivir el encuentro con otros, para abrirme al encuentro con del que tengo sed, al que anhelo sentir, a mi dios, a mi padre, a mi señor, a mi amor…

Nos damos unos momentos para abrirnos a escuchar la palabra juntos, a rezar juntos, abrirnos a cada uno de los que en esta tarde hemos decidido estar aquí. Orar juntos es una escuela de comunidad.

La Palabra

“Jesús tomó la palabra y dijo: “ Os lo aseguro, el hijo no hace nada por su cuenta si no se lo ve hacer al Pdre. Lo que aquel hace lo hace igualmente el hijo. Porque el Padre ama al hijo, y le enseña todo lo que hace; y le enseñará acciones más grandes, para que os maravilléis vosotros. Porque no bajé del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió, que no pierda a ninguno de los que me confío, sino que los resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que contempla al Hijo y cree en él tenga la vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Jesús les contesto: Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió. Si uno está dispuesto a cumplir la voluntad de áqul, podrá distinguir si mi enseñanza procede de Dios o me la invento yo. El que habla por cuenta propia busca su gloria: pero el que busca la gloria del que lo envió es veraz y no procede con injusticia.”

 Lo esencial de la vida de Jesús es su misión. Su misión es su persona, es decir, su misión es revelar quién es. Su misión es ser testimonio de quien es, de su condición de hijo.  Es la experiencia de hijo, como vimos y oramos en el encuentro anterior la que le da a Jesús el sentido de su misión: todo lo que soy lo recibo de mi padre, soy por de mi padre. El inicio de su misión es esa experiencia de sentirse hijo.

Hoy damos un paso más en este camino de ir a Jesús para desvelar nuestro rostro original, la imagen y semejanza que habita en nuestro ser.

Jesús se pone en mi misión a partir de la experiencia de hijo.

Pero, ¿qué está constantemente en el centro de su misión?

El reconocimiento de la voluntad de Dios. El hijo no vive su propia voluntad, sino la voluntad de quien le ama, de quien es la fuente y origen de su misión.

Jesús experimenta que el no puede apropiarse de su propia vida, que sólo puede recibirla.

Jesús experimenta la renuncia a la apropiación, a hacer su propia voluntad a toda costa, para entregarse a una vida, a una voluntad que le sostiene.

“No vine a hacer mi voluntad. sino la voluntad del que me ha enviado” (Juan 5,30)

“el que me envió está siempre conmigo, porque yo hago siempre lo que es d sus agrado” (Juan 8,29)

Aquí viene una pregunta importante, que sin duda también tuvo que vivir Jesús: ¿Cómo reconocer la voluntad de Dios en lo concreto en mi vida, en cada encuentro, en cada decisión, en cada paso en la vida?

Nosotros vemos a Jesús en los evangelios vivir con tal naturalidad esto, que nos parece único, como si sólo él lo pudiera vivir. Pero vamos a intentar ver qué era para él esta experiencia, para abrirnos a la posibilidad de vivir nosotros también lo que él vivió.

Jesús no vivió “La voluntad de Dios” como algo externo a él. Esta es una clave importante. No es una palabra que se recibe desde fuera, como si alguien me dictara lo que tengo que hacer. por eso, decir, “hacer la voluntad de Dios”, no dice todo lo que Jesús vivió. podría ser más acertado decir “ser la voluntad de Dios”, es decir, que Dios sea todo en todos. “Ser la voluntad de Dios” es ser de tal manera que aprendamos a abrirnos para recibir el Ser (con mayúsculas).

Aceptar “ser la voluntad de Dios” es renunciar a tener el poder de convertir las piedras en pan cuando tengo hambre, de llamar a sus ángeles para que le sostengan y no se haga daño, renunciar a tener todos los reinos a costa de venderse al mal. “Ser la voluntad de Dios” es dejar de autoafirmarse una y otra vez, de “venderse” para no sufrir, de pretender dominar la vida y hacerla mía.

“Ser voluntad de Dios” es renunciar a aquello que no es de Dios en mi.

“Ser voluntad de Dios” es renunciar a aquello que no es bien, paz, belleza, verdad y vida en mi.

“Ser voluntad de Dios” es sentir esa fuerza para darse, entregarse, gastarse, que me permite olvidarme de mi dios, con minúsculas.

Jesús vivió esto, no se ahorró nada de lo humano, ni las lágrimas, ni el duelo por las perdidas, ni la rebelión y el enfado, ni la oscuridad, ni la soledad más solitario, ni la frustración,… Nada le es evitado, porque es verdadero hombre, y verdadero Dios, como también lo somos nosotros.

¿Y nosotros?

Nosotros somos la posibilidad de que el “ser de Dios” se manifieste y viva en todo. Su imagen está inscrita en nosotros y “ser su voluntad” es reflejarla.

A nosotros nos corresponde entrar en nosotros, en nuestro interior y abrirnos a recibir su Voz en mi. También abrirnos al otro de tal manera que podamos oír su Voz en el otro.

Nuestra tarea es vivirnos de tal manera que escuchemos la voz que esta esperándonos a ser escuchada, para que nos demos cuenta de que detrás de nuestro yo, detrás de cada tú está El dándose en cada uno.

Dios es la voz de mi verdad más íntima.

El nos habla en los movimientos más íntimos de nuestra voluntad, y en nuestros más profundos anhelos.

Habla allí donde algo nos conmueve profundamente.

Cuando algo diluye nuestras defensas, nuestros apegos a nuestra imagen fija y antigua, y nos conecta con nuestro centro.

Cuando algo rompe nuestros temores y miedos, cuando nuestros empeños y esfuerzos muestras su impotencia, y nos rendimos a la realidad que es, recibiendo una luz que nos abre, abre un espacio nuevo donde la vida fluye y nos transforma.

El habla donde nuestra intuición profunda nos muestra la verdad de las cosas, aunque no terminemos de entenderlas, pero sentimos que esa verdad orienta nuestros pasos.

El habla cuando no tenemos nada que defender, nada que demostrar, nada que lograr, nada donde vencer…

Allí somos invitados a seguir su Voz, a elegirla con nuestra propia libertad y voluntad, allí “somos su voluntad”.  Su Voz nos hará saber qué hacer y cómo hacerlo. En cada instante, fieles a esa voz, renacemos de nuevo, somos creados de nuevo, somos co-creadores de una humanidad más verdadera y honesta, abierta, disponible, generosa.

Nuestra tarea es estar en contacto con esta Voz en mi, atentos y a la escucha. Nuestra tarea es estar en el eje central de quienes somos. Ahí todo viene, ahí todo se nos da, ahí “Dios es todo en todos”.

La oración.

Concéntrate en la respiración, concéntrate en el susurro de la vida.

Inspira – descansa – expira – descansa,

Sin forzar nada solo hazte consciente de cómo la respiración pausada te abre a lo que es aquí y ahora,

Inspira – descansa – expira – descansa

Siente como te llenas de silencio interior, un silencio que te abre al misterio de la presencia de Dios en ti, en nosotros, en el universo, un silencio que te conecta con el corazón de la sabiduría, un silencio que te abre al misterio de la VIDA.

Os comparto un pequeño trozo de una plegaria de Marcel Legáut con el deseo de que nos introduzca en este tiempo de silencio para escuchar su voz.

Herederos de una labor inmensa,

visitados por una presencia

que no manda sino que llama,

empujados, levantados, solicitados,

alzados por encima de nosotros mismos,

emergiendo de la servidumbre,

alcanzando la libertad,

obreros de un porvenir sin fin,

inseparable de Ti, mi Dios,

nosotros Te magnificamos.

Cualquiera que sea nuestro destino,

incluso miserable, incluso trágico,

si somos, es para tu plenitud.

Ella es nuestra beatitud.

Cuando seamos puramente nosotros mismos,

ocupando nuestro lugar en lo real,

más allá del hacer y del parecer,

de los placeres y de los sufrimientos,

de los deseos y de los proyectos,

de las preocupaciones y de las angustias,

compartiremos la alegría de ser

con el conjunto de los vivientes

que van más allá del apetito de vivir,

esos ecos de tu felicidad,

– Padre –

 

 

 

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