Comunidad Tierra de Encuentro

Bienvenido a tu Tierra, tierra de todos


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Querer ser como dioses es alejarnos de la imagen. Génesis 2, 16-17; génesis 3,6

Es una alegría poder compartir este espacio juntos. Estar juntos, compartir camino.
Gracias, de parte de la comunidad Tierra de Encuentro, por facilitar ampliar este espacio
bueno y sagrado, con la presencia de todos los que os acercais a la Palabra con hambre de luz y de fidelidad.
La oración empieza en uno mismo, en lo íntimo de su corazón, en la intimidad más íntima, a la que a veces no nos es fácil acceder. Pero la oración no acaba en mí. Necesitamos a los otros para poder ir más lejos de nosotros mismos y abrirnos al Uno, al único, al que es en todos, al que no se puede abarcar, al que no podemos apropiarnos.
Lo mismo pasa con la palabra, podemos acceder a ella solos, pero será limitado a lo que
yo percibo y alcanzo. Por eso el lugar de la palabra es la comunidad. Nació de una
experiencia pueblerina, de un pueblo, colectiva, y se leía sólo en un lugar comunitario, en el templo.

tardes de palabra y oración
Abrámonos a tomar conciencia de esto antes de comenzar:

orar juntos, escuchar la palabra en comunidad, es una oportunidad de alcanzar más lejos quien es el que nos espera esta tarde, quién es el que nos da la vida esta tarde, quien llama a tu puerta para que la abras esta tarde.

Necesitamos predisponernos para el encuentro.
A veces no es nada fácil el encuentro. Lo sabemos bien.
Necesitamos primero tiempo. Darnos tiempo. Para que el tiempo no nos coma, y pase de
largo sin darnos cuenta. Darnos un tiempo es darnos la posibilidad de estar aquí, ahora.
Necesitamos tiempo para ser conscientes de dónde estamos, de quienes estamos, de
para qué estamos. He elegido venir para orar con otros, para escuchar la palabra con
otros, para vivir el encuentro con otros, para abrirme al encuentro con del que tengo sed, al que anhelo sentir al Dios nosotros, Dios de la Vida, Dios Padre Madre,…
Necesitamos tiempo… ahora lo tenemos.

Necesitamos tiempo para respirar. Bien hondo.
Abriendo más espacio dentro, para sentir más lejos, más ampliamente.
Abriendo más espacio dentro, para abrir más espacio hacia fuera, hacia el otro, de lo que
sé o no sé de él, de lo que me ha hecho o dejado de hacer,…
Respirar abre espacio.
Sin espacio no hay encuentro, solo hay “yo”, protegido, a la defensiva.
Respirar abre espacio.
Respirar hondo, para que el aire de la vida arrastre lo que me preocupa y lo diluya, por
unos momentos.
Respirar hondo para sentir que hay más capacidad dentro de mi.
Respirar hondo para sentir que la vida, y su aire, pueden llegar lejos en ti, en mi.

Nos disponemos a entra en otro momento, de la mano del anterior.
es el momento de la escucha de la palabra.

“El señor Dios mandó al hombre: Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del
árbol del conocimiento del bien y del mal no comas; porque el día en que comas de él,
tendrás que morir. (…)
Entonces la mujer cayó en la cuenta de que el árbol tentaba el apetito, era una delicia de
ver, y deseable para tener sabiduría. Tomó fruta del árbol, comió y se la alargó a su
marido, que comió con ella”
En los preciosos e inspirados compartires anteriores sobre esa realidad misteriosa
de que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, hoy vamos a dar un paso
más. Es la primera tentación del hombre y de la mujer ante esa realidad: “queremos ser
como dioses”.
Abrirnos a la conciencia de que somos creados a imagen y semejanza de quien nos crea
es abrirnos a una insinuación, a un camino, es una puerta al infinito, a la huella grabada
en lo más profundo del ser, de todo ser humano. Dios está en todo, pero no somos dios.
Tres puntos quiero compartiros, por si nos da luz en este caminar hacia revelar la imagen
que está grabada en nuestro ser:
1. Queremos comer
En el relato de hoy hay una palabra clave: comer. Comer es consumir algo, hacer mío
algo que no lo es, es tomar para mí algo que no es mío. Comer del árbol del conocimiento
del bien y del mal es querer ser uno mismo el único criterio para distinguir lo que está bien y lo que está mal. Comer del árbol del bien y del mal es dejar de lado al único que conoce el bien y el mal, a la fuente de la verdadera vida, a Dios. La primera tentación del ser humano es querer desterrar de su vida, consciente o inconscientemente, a quien le ha dado la vida.
Quizás ante esto que acabo de decir, a personas como nosotros, religiosas, trascendidas,
trabajadas por dentro, con ya unos cuantos años a sus espaldas, pueda parecer que no
es importante. Os voy a compartir por qué si lo es, al menos para mi:
A veces me he visto consumidor de Dios y de sus cosas. He comido misas, he comido
oraciones, he comido liturgias, he comido sacramentos, he comido reuniones donde se
habla de dios, he comido ritos y celebraciones, he comido de la vida en comunidad, … y
muchas de ellas no me han llevado a elegir luego la vida, radicalmente, sin vuelta atrás.
Mi curriculum es largo en esto de “comer las cosas de Dios”. ¿El vuestro?
Me reconozco en muchos momentos haberme creído con el poder de la verdad, con la
prepotencia de mi saber y conocer, con el orgullo de saber lo que dios quiere de mi, con la tranquilidad “superficial” de estar haciendo las cosas de dios en esta tierra, con el afán de poder decir al otro lo que está bien y lo que está mal, en la justificación de las
incoherencias y fracasos, … Me he creído dios, un dios pequeñito, a mi medida, según
mis posibilidades, pero en definitiva, un dios, y me he comido al verdadero Dios, le he
hecho desaparecer de mi vida.
El Dios que nos insinúa la expresión “creados a imagen y semejanza” es un dios que
siempre es inalcanzable, que al mismo tiempo que le vemos, no le vemos; es un dios que
siempre lo da todo, y no espera que se le devuelva nada más que la fidelidad. “Es la
plenitud que da a cada ser su plenitud”. Es un dios que no quiere que seamos exteriores a él, sino en lo más íntimo de él, porque no nos crea fuera de él, sino en él, con él y para él.
Que quiere que participemos de su locura de amar, habitando en nosotros, pero no
usurpándole su lugar, ni queriendo poseer la vida, sino eligiéndola.
Yo creo que es por aquí por donde se nos abre el camino de la imagen y semejanza, lejos
de la consumición.
2. No puedes.
¡Cómo nos rebela, con “b”, ese que “no puedes”!
Este relato, y la expresión “creados a imagen y semejanza” nos muestra que “no puedes”.
Tenemos derecho a enfadarnos ante este “no puedes”. Y estaría bien que pudiéramos
sacarlo, mirarlo cara a cara, y ver el origen de ese enfado, de esa rebeldía. Puede haber
tanto ahí dentro, puede haber tantos “no puedes …” que hemos recibido y que como un
buen resorte saltan en determinados momentos. Ante un fracaso, ante una frustración,
ante el limite de la libertad del otro, ante el límite del respeto incondicional del otro, ante
las cerrazones, ante lo que nos trae la vida de difícil, de duro, de incierto, de malo…
“No puedes”.
Querer ser como dioses es no aceptar que “no puedes”, que no lo puedes todo, que no
eres agotadamente perfecto, que no lo puedes aguantar todo, que no puedes estar
totalmente bien, que no puedes amar sin protegerte, que no puedes proteger a todos, que
no puedes no decepcionar, que no te puedes “colmar”
Tocamos nuestra condición humana, nuestros límites, nuestras incapacidades, la
impotencia, la fragilidad, la inconsistencia, la incoherencia. Nuestros límites propios, pero también los límites de los demás, y los límites de todos por nuestra condición humana.
Como diría Marcel Legaut en una plegaria que me gusta tener cerca, fisicamente e
interiormente, “ínfimos, efímeros, perdidos en lo innumerable, complejos, ambiguos,
limitados por todas partes,, inacabados por naturaleza, entregados a las leyes de la
materia y de la vida, atados a las cadencias de los tiempos y de los lugares, sometidos a
la desdicha y destinados a la muerte, solitarios, codeándonos más que conociéndonos,
improbables,…”
Reconocer nuestros límites es reconocer que somos personas “en proceso”, que
nacemos para hacernos y para caminar. Estamos bien hechos pero necesitamos poner en
marcha lo bien hechos que estamos. Es el proceso de hacerse.
Reconocer esta parte de nuestra condición humana es empezar a dejar de “comer”.
Como me decía el otro día una persona: reconocerla con comprensión, amándola, sin
tratar de superarla o de quitármela de encima. Abriéndola a integrarla en quien voy
conociendo que soy.
Abrirse y aprender a vivir acompañado de este “no puedes” nos abre a permanecer en las relaciones de vida que tenemos, con dignidad, en autenticidad, humildemente
reconociendo al otro y quien es, y respetando el lugar que cada uno ocupa en esta
aventura de relaciones. Ese “no puedes” que en este relato Dios le lanza al hombre y la
mujer es igual que decir, quiero amarte, quiero seguir en relación contigo, distintos y
unidos, diferentes y únicos, libres y responsables. Asumir este “no puedes” renueva la
relación.
3. Tendrás que morir.
Parece un castigo.
Otro más en nuestras vidas! pero ahora de Dios.
Esto ya se pone difícil.
Pues si, si no aceptamos quienes somos, con nuestros límites y potencialidades,
morimos.
Si no elegimos ser quienes somos y queremos ser “Otro”, morimos.
Si nos comemos lo que no tenemos que comernos, sino admirarlo, dejar que su belleza
despierte nuestra belleza, morimos.
Si llevamos a los otros a que coman lo que no tienen que comerse, morimos los dos.
No es un castigo, sino el precio de nuestra libertad, la responsabilidad de ser libres.
Aquí habría mucho pescado que cortar, y no es posible. Quizás en otro momento.
Pero no me resisto a unas pocas palabras.
Lo que está en juego es nuestra libertad, que como decía Carmen el otro día es un don en
primer lugar. Y reconocerlo como don nos llega a ser responsables con ese don, a crecer
en vivir esa libertad para llegar a ser “imagen y semejanza” de quien es Libre por Amor.
Y la libertad a veces nos da miedo. Por eso queremos ir al árbol a comer la manzana que
nos da el conocer el bien y el mal. Nos da miedo ser libre y por eso comemos las
seguridades que nos dan otros, los importantes, los “sabios”.
La libertad por tanto supone un primer momento de reconocer nuestros límites y de
abrirnos a quien es más que nosotros en el corazón de quienes somos, a la fuente de la
libertad. Abrirnos es tomar conciencia, pedir, dejarse de creer todopoderoso, o una birria.
La libertad es reconocer que estamos haciéndonos.
Y elegir, primero en el corazón de quienes somos, pegados a nuestra conciencia, donde
hay profundidad, vigor, y determinación. Elegir dejar lo viejo y caduco, para abrirnos a la vida nueva y fresca del espíritu.
Cuando no elegimos, cuando nos quedamos en la pasividad o en la sumisión, morimos.
Este relato, estas pocas palabras que hemos escuchado hoy tienen una gran densidad de
contenido para nuestras vidas. Os invito a volver sobre ellas una y otra vez.
Ahora es tiempo de dejar caer la memoria, de no apropiarnos de nada de lo que hemos
oído, de dejar que la sabiduría de tu corazón haga su trabajo, cómo la fábrica de nuestra
libertad. Así ser semejanza será el único camino que merezca la pena.

Entramos en el tiempo de oración: Unas pocas palabras de M. Legaut nos pueden ayudar:
Ínfimos y efímeros pero necesarios;
sepultados en lo inmenso pero conscientes;
perdidos en lo innumerable pero únicos.
Inmersos en la complejidad y en la ambigüedad
pero también esencialmente simples;
limitados por todas partes en el hacer y el decir
pero cada uno, en sí mismo, propiamente, misterio;
inacabados por naturaleza y perturbados sin cesar,
pero en potencia de cumplimiento.
Entregados a las leyes de la materia y de la vida,
atados sin remedio a las cadencias de tiempos y lugares,
pero libres y responsables en nuestro mismo centro.
Sometidos a la desgracia, destinados a la muerte,
pero llamados a ser.
(…)
– Herederos de una labor inmensa,
visitados por una presencia
que no manda sino que llama,
empujados, levantados, solicitados,
alzados por encima de nosotros mismos,
emergiendo de la servidumbre,
alcanzando la libertad,
obreros de un porvenir sin fin,
inseparable de ti, mi Dios,
nosotros te magnificamos.

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